ACADEMIA NACIONAL DE MEDICINA DE COLOMBIA

ACADÉMICO PATIÑO DONA SU BIBLIOTECA

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José Félix Patiño Restrepo afirmó: 'Soy bibliómano y bibliófilo. 'El médico -ya nonagenario- habló con motivo de la donación de su biblioteca (más de 11.000 libros) a la Universidad Nacional. El cirujano Patiño (1927) fue rector de la Universidad Nacional y uno de los creadores de la Fundación Santa Fe de Bogotá.

En dicha biblioteca aún están El libro de las tierras vírgenes –mejor conocido como El libro de la selva–, de Rudyard Kipling, y Una vida de Napoleón, que le regalaron amigos de sus padres cuando hizo la primera comunión en el colegio Andino, de Bogotá. Desde ese momento de su vida, Patiño tiene claramente identificadas las dos dolencias que padece, como las llama apelando a su argot médico: “Yo soy bibliómano y bibliófilo, que son dos enfermedades incurables”, anota con su humor cachaco, rodeado también de libros en la biblioteca Jorge E. Cavelier, de la Academia Nacional de Medicina de Colombia, que él preside y donde recibió a este diario, para hablar de la donación de más de once mil volúmenes que conforman su biblioteca personal, que le acaba de hacer a la Universidad Nacional de Colombia, los cuales ya fueron recogidos y clasificados en su casa capitalina.

“Cuando uno llega a mi edad saca el ‘retrospectoscopio’, mira al pasado y se pregunta qué hizo bien y qué hizo que no fue tan bueno. Y he visto que hice cosas que yo podría calificar como buenas; una de ellas es la biblioteca, que es la obra de toda una vida, que empezó desde antes de mi primera comunión, cuando me dieron la colección infantil Araluce, que era algo así como la Enciclopedia Británica para los niños”, comenta Patiño, al enunciar las razones que lo llevaron a desprenderse de uno de sus tesoros más entrañables. El galeno bogotano, que nació por accidente en San Cristóbal (Venezuela), en 1927, cuando su padre, el también médico Luis Patiño Camargo, adelantaba una campaña contra la fiebre amarilla por esa zona, es consciente de que hubiera podido vender su biblioteca por una suma importante. Las ofertas no le faltaron. Pero cuando se enteró de que la biblioteca sería desmembrada por temas y no permanecería junta, desistió. A esto se unió otra señal de alarma que le dio la vida. “Estuve bastante enfermo el año pasado –anota–, y mi gran preocupación era qué iba a pasar con esa biblioteca, porque ninguna de mis tres hijas tiene una casa tan grande para recibirla”.

Por eso tomó la decisión de legársela a la que ha sido su segundo hogar, la Universidad Nacional, de la que fue rector entre 1964 y 1966, cuando realizó la famosa ‘reforma Patiño’, y donde comenzó sus estudios de medicina, poco antes del 9 de abril de 1948.

Un baúl de tesoros

Si bien la biblioteca completa de Patiño consta de unos 13.500 libros, alrededor de 2.500 quedaron en la Academia Nacional de Medicina, por tratarse de obras médicas y científicas. De esta manera, a la Nacional van un parte menor del mismo tema y su gran colección sobre el conocimiento universal, que abarca literatura, Grecia, Roma, Egipto, cosmología, historia y biología, entre otros temas. Entre las joyas bibliográficas que guarda este templo de sabiduría está, por ejemplo, una primera edición de El origen del hombre, de Charles Darwin. Además, la primera edición de Historia natural (1624), de Cayo Plinio II, con pastas intactas de pergamino, que Patiño le compró al médico Rafael Martínez Briceño, amigo de su padre, famoso en la Bogotá del siglo pasado por su gigantesca biblioteca.

“Me pareció fascinante tener un libro que venía del siglo I y me puse a estudiar a Cayo Plinio, que hizo lo que lo que se ha llamado la ‘Enciclopedia Británica del siglo primero’. Y como yo viajaba tanto, en todas las grandes ciudades a donde llegaba, como París, Buenos Aires, Roma, me iba a las librerías de viejo y veía qué ediciones de Plinio había. Así logré coleccionar siete ejemplares de ediciones antiguas de Plinio, que creo estar seguro de que no los tiene ni siquiera una universidad en América Latina”, explica Patiño, al continuar detallando otros de sus tesoros. Como la primera edición de las obras de Shakespeare (1623), un libro bellísimo, con grabados y tapas de madera; Los afectos y consideraciones, en primera edición, de San Ignacio de Loyola (1663); las primeras ediciones de reconocidos escritores de la literatura universal, así como la colección completa empastada de revistas ya desaparecidas, como Política y Algo Más, Guión y Nueva Frontera, esta última de su amigo el expresidente Carlos Lleras Restrepo. Con la meticulosidad y organización propias de su formación científica, Patiño les lleva a cada uno de sus libros más preciados su ‘hoja de vida’. “En cada uno de esos libros antiguos tengo una tarjeta al final, donde explico lugar de compra, a qué año corresponde, editorial”.

Al preguntarle por sus obras preferidas, responde con humor negro: “Un día me hicieron la pregunta que les hacen a las reinas de belleza, de cuáles eran los tres libros preferidos. Y yo dije: ‘Caramba, esto sí que está complicado, ¿tres no más?’ Pero decidí hacer el ejercicio en el fondo de mi alma de cuáles eran mis tres libros, y son: La Ilíada, Cien años de soledad y El nombre de la rosa”, cuenta este intelectual, de conversación deliciosa, que siempre supo robarle tiempo a la medicina, para la lectura. Aunque siempre estuvo, desde pasadas las seis de la mañana, listo en una sala de cirugía, en la Fundación Santa Fe de Bogotá, de la que es uno de sus fundadores, y donde todavía trabaja, Patiño dedica los fines de semana a la lectura y a la música, en su casa en el norte de la capital o en su finca Gotua, en Boyacá, otro de sus lugares preferidos de refugio.

Enamorado de la Callas

Dos fueron, quizás, las únicas infidelidades que le permitió su esposa, Blanca Osorio (fallecida), al doctor Patiño: la biblioteca y la soprano María Callas, de quien escribió una biografía que lleva varias ediciones. La única obra de este tema, fuera de los cerca de 14 libros que ha escrito de humanismo, medicina y ciencia. Precisamente, por los años que se sentó a investigar para escribir sobre la gran soprano griega, Patiño recuerda una simpática anécdota. “Blanca, mi esposa, un día estaba con unas amigas y le preguntaron por mí. Y ella dijo: ‘No, pues se casa’. Y las amigas, sorprendidas, preguntaron: ‘¿Cómo así que se casa?’ Entonces, Blanca les dijo: ‘Sí, se casa con María Callas’, y contesta una de ellas: ‘¡Ala!, ¿y esa quién es?’ ”, anota con humor.

Su amor por la música clásica, en especial por la ópera, también le viene desde muy niño, cuando sus padres lo llevaban, en compañía de sus hermanas, a las temporadas del Teatro Colón, a ver una compañía italiana que visitaba el país para presentar dos óperas. Este hombre renacentista, apasionado también por los carros antiguos, recuerda con gran afecto a su profesor de música del Gimnasio Moderno, colegio en el que terminó la primaria y cursó todo el bachillerato, cuando cerraron el Andino. “Ese señor realmente nos dio el gusto por la música clásica”, dice. Agrega que esa pasión fue cultivándose durante los diez años que permaneció en la Universidad de Yale (EE. UU.), donde estudió su carrera de medicina y en la que fue profesor; a donde se presentaron grandes figuras del arte musical del mundo. Desde allí, aprovechaba para escaparse también a Nueva York.

Precisamente, junto con su biblioteca, Patiño también donó cerca de 2.000 discos de música clásica, que incluye una de las colecciones más completas de interpretaciones de María Callas. “El gusto por la ópera también tiene algo que ver con la medicina, porque es que la voz de una soprano como Callas es patológicamente bella. Es sobrehumano. Es decir, una persona que tiene la versatilidad y la fuerza de Callas significa, desde el punto de vista fisiológico, también muchísimo. Y uno nace con eso, así haya estudiado en el conservatorio. Y ella era soprano, pero cantaba contralto y mezzosoprano. Una vez le preguntaron a Molinari Pradelli, el gran director de orquesta, si era cierto que la Callas tenía tres voces, y dijo: ‘No, imposible, ella tiene 300 voces’ ”, anota Patiño. Además de la ópera, se declara un gran admirador de Beethoven y de Mozart, aunque entre sus obras preferidas también estén el Concierto para piano y orquesta de Tchaikovsky y las de Mahler. Hasta el año pasado mantuvo viva una tradición que se regala desde hace diez años: viajar una semana, cada primavera, con sus tres hijas (sin esposos ni hijos), a la temporada de ópera de Nueva York. “No he podido hacerlo este año porque he estado enfermo, y me pasó una cosa feísima y es que me calumniaron terriblemente en la Fundación Santa Fe: me dijeron que yo era mal paciente, que no hacía caso, que me volaba. Entonces, estoy haciéndoles caso a los médicos, que me prohibieron volar y bajar al nivel del mar en Nueva York y subir otra vez a Bogotá, hasta dentro de un tiempo”, anota Patiño, quien también fue ministro de Salud, en la administración de Guillermo L. Valencia.

Y como buen amante del conocimiento que se respete, de la mano de la medicina y las humanidades, siempre ha ocupado especial lugar en su corazón la docencia. “Pues, es que yo nací en la casa de un profesor por antonomasia. El doctor Patiño Camargo, mi padre, fundamentalmente fue un investigador”, explica Patiño, a quien la Universidad de Yale le propuso el cargo de profesor, antes de regresarse al país.

A los 90 años, su mente lúcida viaja por los años, con fechas y hasta días exactos de la semana en que ocurrieron los hechos de su vida. Por eso disfruta compartiendo ese conocimiento con sus jóvenes alumnos, que lo enorgullecen cuando lo visitan en su casa a pedirle consejo o a contarle sus avances profesionales. “Ese tipo de satisfacciones es como el producto de uno, y ahí uno piensa que sí pudo influir en la vida de esas personas en el sentido adecuado. Eso es como cuando uno opera un paciente y sale a decirle a la señora: ‘La operación salió muy bien, su marido está curado’, y ve uno la cara de esa señora; se siente una satisfacción enorme, muy difícil de encontrar en ninguna otra actividad”, concluye Patiño.

Fuente: CARLOS RESTREPO |  EL TIEMPO

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