ACADEMIA NACIONAL DE MEDICINA DE COLOMBIA

BICENTENARIO DEL FONENDOSCOPIO

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El académico Jorge Reynolds Pombo hizo la presentación de su libro sobre el bicentenario del Fonendoscopio, con comentario del cardiólogo Jorge León Galindo. Al respecto, el académico ALFREDO JÁCOME ROCA escribió el siguiente artículo titulado: EL FONENDOSCCOPIO: UN INVENTO QUE HACE DOS SIGLOS PRECEDIÓ A LA TECNOLOGÍA CARDIOVASCULAR. Dice así:

En 1816, al examinar a una paciente cardiópata joven cuya obesidad hacía difícil escuchar los latidos del corazón, René Laënnec enrolló una hoja de papel en forma de cilindro, aplicó uno de los extremos sobre el pecho de la paciente y el otro a su propio oído y pudo oír el corazón “de una manera más clara y más distinta de lo que jamás había escuchado mediante la aplicación directa del oído sobre el paciente”. Esto lo hizo el clínico francés al recordar que ese día otoñal había observado a unos niños que jugaban, acercando sus oídos a un pedazo largo de madera y oyendo los golpes que le daban otros niños en el otro extremo. Figura. Uno de los primeros estetoscopios diseñado por René Laënnec.

Así nació el estetoscopio monoaural, seguido por su versión moderna, el fonendoscopio biaural. Aunque precedido por la trompeta auditiva o “micrófono”, instrumento también monoaural externamente parecido al del médico francés, este invento fue logrado por la necesidad de obtener más información para lograr mejores diagnósticos y para poder disponer de un método más cómodo, pues el usual –de aplicar directamente el oído sobre el pecho- tenía factores limitantes como al examinar a las mujeres, relacionados a su intimidad, pudor y recato, o a enfermos contagiosos. Esta primera tecnología cardiovascular rápidamente fue utilizada por los médicos. Tecnologías anteriores como el microscopio y el termómetro, por décadas no tuvieron aplicación en la práctica. El reloj para el pulso –de Floyer- si caló; se trataba de un reloj que marcaba los segundos de un minuto, mientras se contaban las pulsaciones del paciente. Los relojes de aquel tiempo solo medían minutos y horas, no segundos. La percusión de Auenbrugger fue muy importante y se propagó rápidamente entre los médicos; solo que era una técnica semiológica, no intervenía un aparato (1). Hace más de medio siglo, el médico estaba más valorado en la sociedad, entre otras porque estaba entrenado para obtener una detallada historia clínica -que le podría tomar una hora- y que junto con sus conocimientos de la llamada patología interna, ahora medicina interna, le llevaba a un diagnóstico de impresión bastante acertado.

La medicina del cuarto de hora acabó con muchas de estas habilidades, pero la obtención de datos que si persistió fue la de los signos vitales: frecuencia del pulso y de la respiración, tensión arterial y temperatura corporal. La comprobación que hacía Laënnec en el cadáver de los hallazgos auscultatorios que encontraba en vida del paciente fue llamado el método anatomo-clínico. A los que más examinó y auscultó fue a los tuberculosos por lo que describió la gran variedad de soplos pulmonares y los diferentes tipos de estertores respiratorios. Desoyendo las advertencias de otros precavidos clínicos, él sí se untaba de paciente, y en siete ocasiones se cortó mientras los examinaba. Esto le generó una tuberculosis, que terminó prematuramente con su vida, a los 45 años. René Théophile Hyacinthe Laënnec era el nombre completo del académico galo (2-4). Sucedió a Corvisart en su cátedra, y con otros destacados médicos de la época, lideró un movimiento para oponerse a las teorías de Broussais, discusión que duró muchos años y que inclusive se trasladó a las salas docentes del Hospital San Juan de Dios en Bogotá. Se le reconoce más su trabajo en la actualidad que en su época, tal vez debido a que era mal expositor, y a que era monarquista en los años de la revolución.

Broussais estuvo en las guerras revolucionarias y napoleónicas, era brillante y con sus obras imponía la teoría de que muchas enfermedades eran producto de la inflamación, especialmente de los intestinos. El mejor antiflogístico de la época eran las sanguijuelas. En 1833, con estas teorías en boga, se importaron en Francia más de 41 millones de sanguijuelas. Ni qué decir de las sangrías, el otro tratamiento de moda: se perdió más sangre con ellas que la que se derramó en la segunda guerra mundial. Duró un poco más de dos años en diseñar un aparato menos rústico que el simple papel doblado (Figura). Por su enfermedad, esto le causaba gran cansancio, lo que hacía más dispendioso y prolongado el trabajo. Pero al fin, en 1819, publicó su libro “De l’auscultation médiate ou traité du diagnostic des maladies des poumons et du coeur fondé principalement sur ce nouveau moyen d’exploration” en donde describió el estetoscopio (del griego stethos -pecho, corazón- y skopeu –observar-) como un cilindro de madera, cedro o ébano, de cuatro centímetros de diámetro y treinta de largo, perforado por un agujero de seis milímetros de anchura y ahuecado en forma de embudo en uno de sus extremos. Allí describió los sonidos que oyó con el estetoscopio, creó nuevos términos como pectoriloquia, egofonía, crepitación, estertor y detalló enfermedades no conocidas hasta entonces.

Muchas fueron las contribuciones de Laënnec a la Medicina, además de la invención del estetoscopio. Delimitó cuadros semiológicos de enfermedades cardíacas y pulmonares y describió lesiones anatomo-patológicas. Era un maestro de la tuberculosis, y sus teorías lo enfrentaron nada menos que con Virchow, pero Laënnec tenía la razón. La historia le hizo justicia a este tisiólogo, pues como decía Honorato de Balzac, “la gloria es el sol de los muertos”. La forma portal de cirrosis hepática lleva el epónimo de Laënnec. Esto es debido a una nota a pie de página en la que proponía el nombre de cirrosis (kirrós, amarillo) para el hígado granular, indurado y amarillento encontrado en la autopsia de un caso con enfisema pulmonar. No era pues, un experto en el tema. De él dijo Osler: “El descubrimiento por Laënnec del arte de la auscultación, por virtud del cual, por medio de las alteraciones de los ruidos normales del tórax, podían reconocerse varias enfermedades del corazón y los pulmones, dio inmenso ímpetu a la investigación clínica” (5).

El estetoscopio es ahora el símbolo del médico. Muchos andan con él colgado al cuello. No era solo cosa de usarlo: era de entrenarse en reconocer los ruidos, que llevaban prácticamente sin costo, a brillantes diagnósticos. Precedió al electrocardiógrafo de Einthoven, al ecocardiograma, a los modernos procedimientos imagenológicos, a la cardiología invasiva, a los trasplantes, a la nanotecnología. Sería más justo que este instrumento fuera recordado con el epónimo de Laënnec; sinembargo se conoce más por la marca Littmann, nombre de un cardiólogo del siglo XX experto en electrocardiografía, de padres ucranianos pero nacido en Massachusetts, que fundó Cardiosonics, la empresa que comercializó un fonendoscopio más liviano y con mejores resultados auscultatorios. Adquirida la empresa por la gigante 3M –dejando a Littmann como consultor- originaron también el estetoscopio 3 para cardiólogos, que precedió al genérico impreso en 3D, mucho más económico que el anterior. No hemos de sorprendernos si este icónico instrumento médico sea en poco tiempo reemplazado por una aplicación para cargar en el teléfono celular.

Referencias

1. Singer C. Métodos e Instrumentos Clínicos. En: Breve Historia de la Medicina (Charles Singer, F. Ashworth Underwood, Eds.), Ediciones Guadarrama, Madrid, 1966. Pags. 189-191                              2. Awad-García C, González F. Laënnec, el inventor del Estetoscopio y Maestro de la Tuberculosis. Rev Col Neumol, 2004; 16: (3), descargado el 27 de septiembre de 2016, de https://encolombia.com/medicina/personajes/rene laennec/#sthash.1wlscezi.dpuf                                                                                                                                                                               3. Sakula ART. Laennec 1781–1826: His life and work: A bicentenary appreciation. Thorax 1981; 36:81-90                                                                                                                                             4. Rueda-Pérez G. Apuntaciones sobre la historia de la tuberculosis. Rev Col Neumol.1991; 3:15-192                                                                                                                                                     5. Osler W. Aequanimitas (3a. ed). Filadelfia: The Blakiston Company, 1942